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 Cuando bajaba de las ruinas de Machu Picchu en enero de 2013, después de haber hecho un recorrido de todo el día y asombrado por todo lo que había visto lo hice muy rápido. Uno puede tomar un micro desde la entrada hasta la base del pueblo, Aguas Calientes, por, creo en ese momento algo así como 28 soles. No era una suma significativa pero lo cierto es que no había llevado mucho dinero, porque mi idea era sólo recorrer Bolivia. En mi primer destino, Uyuni, conocí un grupo maravilloso de amigos de los que no me separaría más en todo el viaje y quienes me animarían también a cruzar a Perú. Fue la mejor decisión que pude haber tomado y de la que no me arrepentiría en la vida.
Subimos desde Aguas Calientes caminando en grupo y bajé solo. Había sacado mi entrada como todos los demás con ascensión al Machu Picchu, pero después de recorrer el tramo inicial hasta la puerta de las ruinas y la ciudadela misma estaba muy cansado. Se estaba por largar a llover y el cielo era de un color gris plomizo. Las garantías de lograr subir en su totalidad por esta causa no estaban aseguradas y tampoco sabía si yo iba a llegar. La cuestión es que medio bajoneado, medio decidido que no lo iba a hacer, y opté por la segunda opción. Mis amigos si lo hicieron, llegaron a la cima, muy cansados, sacaron algunas fotos con una vista privilegiada desde una gran altura y apenas unos minutos más tarde se largó a llover. Finalmente no los dejaron permanecer por el peligro que representa bajar con ese clima y regresaron.
Mi descenso por la cadena de montañas que forman el valle fue muy rápido y lo hice solo. El peligro era importante porque el suelo era resbaladizo, pero tratando de pisar lo más firme posible, bajé entre saltando y corriendo y creo que lo hice en media hora, cuarenta minutos máximo. Tiempo que tardaban quienes lo hacían diariamente, sino era una hora. Recuerdo que sentía al haber terminado en algunos momentos un poco de dolor en las rodillas por el impacto de algunos saltos tan bruscos. Lloviznaba, paraba, lloviznaba, paraba. Llegué al punto cero, a la entrada. Todavía me quedaban por recorrer unas cuatro largas cuadras con mi mochila hasta la parte comercial del pueblo y cruzar un puente por el que corre por debajo el río Urubamba. Un río muy correntoso que me explicaron que sus aguas eran traccionadas con electricidad para facilitar y asegurar su buen recorrido a través de las montañas, de otra manera, sería imposible que el agua llegara con un buen caudal. Por eso es que es tan rápido como peligroso y el ruido que provocan el recorrido de sus aguas se escucha hasta dos o tres cuadras de distancia de su margen.
Empezó a garuar cuando me dispuse a hacer los primeros cien metros. Recuerdo que llevaba una bolsa de residuos que usaba como piloto y aunque no era lo mejor, estaba perfectamente cubierto y estaba muy feliz con eso porque no me mojaba más que la cara. No importaba nada, estaba ahí, había visto una de las 7 maravillas del mundo hacía sólo un rato, que más podía pedir.
Me senté en un banco del estilo de las plazas de Buenos Aires con el río corriendo a mi izquierda. Estaba agotado. Ver el agua y escucharla, sumado a las hermosas montañas y nubes muy bajas que tenía frente a mí me tranquilizaban. Ya no llovía y me saqué mi “piloto”. Recuerdo que tenía una remera y un pantalón náutico verde que me gustaba mucho. Me quedé dormido. En algún momento nuevamente y mientras yo descansaba, volvió a llover y me mojé íntegramente. Estaba empapado de pies a cabeza, esperando a mis amigos que vendrían como en dos horas y solo. El panorama ya no era tan alentador.
De repente cuando me desperté, había una mujer y un chico que me estaban mirando a unos metros a mi derecha. El niño se me acercó y me preguntó si estaba bien, le dije que sí y la madre me hizo señas para que me acercara. Caminé hasta donde estaba y me preguntó esta vez ella si estaba bien:

-Hola, estás malito?
-¿Cómo?
-Si te sientes mal.
-No.
-Estaba sentando descansando y me quedé dormido.
-Ah, es que yo te veía desde aquí con mi hijo y le decía que pensaba que estarías malito, que te sentirías mal. Estás todo mojado.
-Sí.
-Espera aquí, siéntate me dice, mientras me mostraba un banco rectangular largo, a mi izquierda. Voy a traerte un jugo de mango caliente para que puedas sentirte mejor.
-Gracias.
 Cuando regresó a los minutos con el vaso de mango, bebida que nunca había tomado así le agradecí el gesto enormemente. Tenía una sonrisa amplia en mi cara. Me aferré al vaso de plástico con las dos manos y la mirada perdida, absorto, a disfrutar como nunca antes de la infusión que estaba tomando. Las cosas sin dudas tienen mayor relevancia y valor según el momento que atravesemos. En esa instancia, que se presentaba complicada, los conocí a ellos, dos personas que sin conocerme me ayudaron, me dieron un poquito de cariño, una actitud muy humana. Eso me llenó de esperanzas en ese instante, me sacó los malos pensamientos por el frío, poco a poco fui recuperando la temperatura y me fui secando.

Los vida y los viajes tienen esas cosas esperándonos, momentos increíbles e inesperados que guardaremos en la memoria para siempre. Sin dudas para mí éste es uno. La preocupación de ellos por mi bienestar, su solidaridad, su amor por el prójimo. Basta sólo con mirar a nuestro alrededor, siempre puede haber alguien que esté esperando a ser rescatado o ayudado. Alguien a quien podamos cambiarle aunque sea un ratito la perspectiva de las cosas, con una mirada, una palabra un gesto o un abrazo.

Los invito a contar sus vivencias, experiencias, o sus impresiones sobre lo que leyeron, lo que hayan recordado con estas lineas, lo que quieran. Compartamos.

Buena vida para todos!

F.



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